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Tenedor. París 1928


Pocos lugares y pocos momentos de la historia nos han dado tantos maestros de la fotografía como Hungría a finales del siglo XIX y principios del XX. Como salido de una película de Berlanga, el imperio Austrohúngaro brindó al mundo una pléyade de fotógrafos que estarían llamados a redefinir los límites de la fotografía y a dejar su impronta en ella, para ser seguidos después por una legión de artistas, foto-reporteros y documentalistas.

Los hermanos Endre y Kornél Friedmann, que luego serían Robert y Cornell Capa, László Moholy-Nagy, Gyula Halász, despúes conocido por Brassaï, Ergy Landau, Mermelstein Márton, renombrado como Martin Munkácsi, Paul Almásy o el “hispanizado” Juan Gyenes (János Gyenes) y muchos más; y delante de todos ellos, Andor Kertész.

Cual es la razón de tanta creatividad y concentrada en tan poco espacio de tiempo es un misterio para mi. Lo cierto es que todos ellos nacieron en el escaso intervalo de apenas un cuarto de siglo. Y también que la gran mayoría de ellos terminó coincidiendo en París, centro neurálgico de las tendencias más modernas y el arte en el periodo de entreguerras.

Hay personas cuyo talento y aportación a un campo solo es reconocido muchos años después de su muerte. Otros irrumpen en escena e inmediatamente son catalogados de genios, seguidos y respetados como renovadores, revolucionarios. Kertesz no tuvo que morir para ser descubierto, pero tampoco disfrutó de reconocimiento universal hasta muy adelante en su carrera, de modo que vivió gran parte de su vida atormentado o más bien frustrado por esa falta de reconocimiento a su talento. Hoy se le considera un maestro indiscutible de la fotografía, pero aún así, su nombre es más famoso entre sus colegas de profesión que entre el gran público; Henry Cartier Bresson siempre le consideró un hombre adelantado a su tiempo y declaró que “inventemos lo que inventemos, Kertész siempre fue el primero”.

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Sombras, 1931


Sus inicios en la fotografía son autodidactas. Su tío, tras la muerte de su padre por tuberculosis, le había costeado la carrera de comercio y le había asegurado un puesto como corredor de bolsa, al igual que su hermano Imra Kertész, (no confundir con el escritor premio Nobel de literatura). Pero a diferencia de su hermano, a Andor no le interesaba lo más mínimo la bolsa. Su sueño era convertirse en fotógrafo y trabajar para alguna revista. Apenas empezó a trabajar, en 1912, se hizo con una cámara Ica-Platten con la que empezó a tomar fotografías. Sus primeros intentos se centraban en el ambiente rural de su alrededor. Curiosamente, fue ese el motivo fundamental de toda su carrera como fotógrafo, el mundo que le rodeaba. También desde el principio practicó las tomas desde ángulos extraños o al menos poco convencionales, práctica que mantuvo durante toda su carrera.

Por entonces Kertész vive de su trabajo en la bolsa de valores y solo se dedica a la fotografía en sus ratos libres, aunque sigue deseando dedicarse a ello de forma profesional. Se alistó muy temprano en el ejército Austrohúngaro sin que esto le impidiera seguir tomando fotografías con una cámara ligera y compacta, una Tenax de Goerz. Con ella retrata la vida en las trincheras, los soldados… si bien siempre lo hace enla retaguardia, nunca fotografía los combates. Hoy no quedan muchas de estas fotografías que desgraciadamente fueron destruidas en 1919 en la revolución húngara. Su paso por la Primera Guerra Mundial es fugaz. Tras ser enviado al frente es herido en un brazo en 1915 y enviado de vuelta a Hungría. Durante su convalecencia en Esztergom toma una de sus fotos más famosas, la del nadador distorsionado por el agua. Es inevitable pensar que esta fotografía le lleva posteriormente a volver a experimentar con las distorsiones, esta vez con espejos cóncavos y convexos.

Nageur sous l'eau, Eszergom, 1917

El Nadador de Esztergom, 1917


No vuelve a combatir y al final de la guerra regresa a su vida anterior. Entre 1918 y 1925, Kertész parece indeciso, o más bien luchando entre su pasión, la fotografía, y su necesidad de ganarse la vida. Abandona y retoma su trabajo en la bolsa en varias ocasiones. El su trabajo conoce a Erzsebet Salomon, con quien inicia una relación sentimental que durará hasta el final de sus días. Ella, junto con sus hermanos Imre y Janos serán sus modelos en muchas de sus fotografías. Durante todo ese periodo, madura la decisión que tomará definitivamente en 1925: marchar a París. Detrás deja su profesión hasta entonces, su familia, que se oponía a esa decisión y a Erzsebet, con quien esperaba poder reunirse más tarde una vez instalado. Al llegar a París modifica su nombre y en adelante será André Kertész.

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El tenedor, París 1928


Por entonces Kertész ya ha publicado algunas fotos en alguna revista húngara, pero es en París donde logra reconocimiento tanto comercial como de la crítica. París era un hervidero cultural, un ambiente efervescente de modernidad tras el lóbrego periodo de guerra que había asolado Francia. Se codea con otros artistas y retrata a algunos de ellos, Piet Mondrian, Marc Chagall, Eisenstein. Empieza a colaborar con Lucien Vogel, editor de la revista Vu. También cambia su cámara de placas por una pequeña Leica, mucho más portable y versatil. También en eso es uno de los pioneros, pues se cuenta entre los primeros que ve en la ligereza y manejabilidad de esas pequeñas cámaras de 35mm, una de las grandes ventajas de la fotografía de calle. Y Kertész siempre ha fotografiado el mundo a su alrededor, de una cotidianidad absoluta. Desde sus primeras fotos, siempre había utilizado como principal tema las cosas que tenía a su alrededor:

[Mi cámara es] como un pequeño cuaderno de notas, un libro de apuntes. Fotografío lo que me rodea, mis cosas, los animales, mi casa, las sombras, los campesinos, la vida alrededor de mi”.

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Serie Distorsiones, nº 40, 1933


En 1933 recibe el encargo de realizar una de sus más famosas series: Distorsiones. En ella los modelos posan desnudos y Kertész fotografía sus reflejos en distintos espejos curvos. Los reflejos distorsionados a veces impiden reconocer las facciones e incluso sus figuras. Aquel mismo año contrae matrimonio con Erzsebet, quien se había reunido con él apenas un par de años antes. Nada más llegar a Francia occidentaliza su nombre por el de Elizabeth Saly. Y también ese año en Alemania, Adolf Hitler y el Nacional Socialismo ascienden al poder, en lo que supondrá un punto de inflexión para Kertész. Ahora que soplaban aires tumultuosos en Europa, las revistas empezaban a prestar más atención a los temas políticos. La fotografía de Kertész parecía fuera de lugar, o al menos alejada de los intereses del público. Durante los tres siguientes años, la tensión política y el odio hacia los judíos van en aumento y finalmente, en 1936 Kertész y Elisabeth parten rumbo a Nueva York. Con esto acaban los años europeos de Kertész.

Ventana en el Quai Voltaire  /  Pont des arts


Tengo la sensación de que aquellos fueron los años más felices para él. Disfrutaba fotografiando el ambiente en las calles, a la gente, precisamente aquello que más le gustaba hacer. Sus encargos coincidían con sus gustos y recibía una amplia libertad de acción. Además se encuentra rodeado de amigos.

Originalmente, Kertész parte con la intención de regresar un año después a Europa. Sin embargo tardará más de treinta años en hacerlo. Kertész parte rumbo a América con un contrato de la agencia Keystone. Nada más llegar a Estados Unidos sufre un fuerte choque cultural. Kertész nunca logró dominar los idiomas. Pese a sus años pasados en París, le había costado hablar Francés. El inglés supuso un reto aún mayor. Además la gente en América no gustaba de ser fotografiada en la calle por un desconocido. El ambiente era radicalmente distinto al de París y carecía de amigos. Para colmo, recibe críticas negativas de sus fotografías de la serie Distorsiones por parte del director del departamento fotográfico del MOMA, con quien estaba preparando una exposición. La agencia Keystone, pese a que por contrato le garantizaba encargos “de calle”, le obliga a trabajar en estudio. Estos años Kertész los define como una “absoluta tragedia”. Cuando Kertész se harta, se da cuenta de que no tiene dinero para poder regresar a Francia. Un año después, es la Segunda Guerra Mundial la que le impide regresar.

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Nube perdida, Nueva York, 1937


Una prueba de lo que aquellos años pudo significar en el trabajo y el ánimo de Kertész es que si uno revisa la publicación de libros con sus trabajos personales y las exposiciones en solitario o colectivas en las que participa, observa que a partir de año 1927 no hay año en el que no aparezca alguna actividad. Al llegar a 1937 empieza a haber huecos, y desde 1946 hasta 1963, prácticamente no hay ningún libro ni exposición suya. Sus fotos seguían publicándose en revistas pero siempre eran encargos y no trabajo personal. Siempre consideró este periodo como alienante en lo que a su trabajo se refiere.

Su relación con las revistas del negocio fotográfico es conflictiva y cada vez más frustrante para él. Colabora con “Harper’s Bazaar” y “Town & Country”. Vogue le ofrece trabajo pero lo rechaza al pensar que tendrá que trabajar en estudio y aunque acepta un encargo para LIFE, sus fotos no llegan a publicarse al no ceñirse a los límites del encargo. Publica en Look pero no se le reconoce en los créditos. También en la revista Coronet, aunque poco después reniega de ellos al no incluir ninguna foto suya entre las mejores publicadas por la revista, tiene problemas con Condé Nast y House & Garden.

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Washington Square 1954.


Corre por entonces el año 1941 y para rematar la faena, Elisabeth y él son declarados “enemigos extranjeros” debido a su pasaporte Húngaro, (Hungría lucha del lado del Eje en la Segunda Guerra Mundial). Eso supone la prohibición de fotografiar en exteriores. Durante tres años Kertesz no ejerce profesionalmente de fotógrafo.

La situación cambia en 1944 cuando en el curso de un mes ambos se convierten en ciudadanos americanos. Retoma su oficio pero sigue sin recibir el reconocimiento que cree merecer. Vogue no le incluye en la lista de los fotógrafos más influyentes de su tiempo. En 1945 publica “Days of Paris”, un libro con las fotos realizadas antes de su marcha de París, recibiendo grandes críticas. Poco después realiza un exposición personal en el Art Institute of Chicago utilizando fotos de la misma serie con equivalente éxito de critica. Entretanto firma un contrato de larga duración con House & Garden, que si bien no le resulta especialmente interesante, le permite tener ingresos regulares y le garantiza recuperar los negativos a los seis meses. Entre 1945 y 1962 publicará miles de fotos en la revista.

Pese a todo, sus relaciones con las editoriales y las estructuras jerárquicas del mundillo siempre fueron difíciles. En 1955 ninguna de sus fotografías fue seleccionada para la exposición “The family of man” en el MOMA: Kertész se sintió insultado. A pesar de todo, a partir de la segunda mitad de los años sesenta, empezó a ser valorado como una figura de gran relevancia. Recibió grandes reconocimientos y premios, realizó numerosas exhibiciones individuales por todo el mundo y alcanzó gran fama mundial.

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Martinique 1972


Curiosamente, pese a que Kertész recordaba sus años en los EEUU como una larga etapa llena de sinsabores, fue aquella época la que sirvió de trampolín para ser considerado más adelante como un referente en la fotografía. Todos sus problemas con las agencias, con los encargos que recibía le impulsaban a dedicar mucho tiempo y esfuerzo en sus propios proyectos y su propia mirada. A partir de los años sesenta, se inicia la que se considera su etapa internacional. Durante esta etapa le llueven las invitaciones y los reconocimientos de todas partes del mundo.

Cuando Kertész se marcha de París en 1936, entrega a la periodista y amiga Jacqueline Paouillac una cantidad ingente de negativos, con el encargo de hacer llegar a los medios Europeos las imágenes que le solicitasen mientras durase su estancia en los Estados Unidos. Sin embargo su ausencia duró más de treinta años. En 1963, Kertész y Paouillac se ponen en contacto. La periodista había escondido los negativos enterrados en una fosa excavada en una granja, con el fin de protegerla de los Nazis. Unos meses después, esta rocambolesca historia toca a su fin y el fotógrafo logra recuperar todos esos negativos, que le permiten cuadrar el conjunto de su carrera fotográfica. Él siempre consideró el conjunto de su carrera como una suerte de autorretrato.

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Chez Mondrian, 1926.


En Kertész se puede encontrar desde rasgos documentalistas al más puro estilo de Eugene Atget, imágenes cargadas de humor que luego veremos en Elliot Erwitt, disparos captados en el “momento decisivo” en que todo toma sentido, al más puro estilo HCB, escenas que parecen salidas de la cámara de Doisneau o imágenes cargadas de delicadeza y sentido poético. Pero todas ellas son de Kertész. Fue sin duda un gran fotógrafo adelantado a su tiempo y como no, adelantado a su fama.

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