036 - Frank Hurley - Parte II -01
Traslado del James Caird desde el campamento Océano al campamento Paciencia, Frank Hurley

Shackleton y Hurley, primera parte.

El Endurance no había podido resistir la presión del hielo al quedar atrapado y había terminado sucumbiendo a la presión. Los expedicionarios se encontraron abandonados en el hielo de la Antártida, sin barco y al comienzo del invierno.

Los oficiales de la expedición, Shackleton, Wild y Worsley junto con Hurley determinaron buscar un lugar más seguro donde asentar el campamento que llamarían Océano. También decidieron perforar la cubierta del buque para buscar más provisiones y herramientas que pudieran ser útiles. Hurley aprovechó para rescatar las latas que contenían los negativos obtenidos hasta el momento. Aunque el peso por hombre en los botes estaba limitado, cuando Hurley regresó con los negativos Shackleton cedió. Permitió a Hurley seleccionar parte de los negativos, pero el resto debía quedarse. Seleccionó los 120 que creyó mejores y desechó cerca de 400. También tuvo que reducir su equipo a solo una cámara, la Vest Pocket Kodak. Todo el material se trasladó al campamento Océano donde estaba previsto esperar a que el hielo se abriera y luego echar los botes al agua cerca de la isla Paulet. El témpano seguía en movimiento hacia el norte.

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Frank Wild observando los restos del Endurance al día siguiente de su hundimiento, Frank Hurley

La moral seguía relativamente alta, pese a que al iniciar la marcha que les llevaría desde el punto del hundimiento hasta el campamento Océano tuvieron que sacrificar a los cachorros de perro más jóvenes que no podían tirar de los trineos. Macklin tuvo que sacrificar a su perro Sirius que le lamía la mano justo antes de dispararle. Tuvo que hacerlo dos veces ya que debido al temblor de sus manos falló el primer disparo. Hacía un año que habían partido y la moral estaba en su punto más bajo. Shackleton decidió realizar un nuevo traslado con la intención de mejorar su posición en la banquisa y de paso aumentar la moral al tener la sensación de estar haciendo algo para salir del atolladero. Sin embargo la marcha no fue muy provechosa; el tiempo no colaboró y apenas una semana después de iniciar la marcha se establecieron de nuevo, el campamento Paciencia. En él tuvieron que permanecer tres meses ateridos de frio, dedicándose a la caza de pingüinos para asegurarse comida y tratando de eludir los conflictos que cada vez eran más frecuentes y serios. Sufrieron un nuevo golpe en su moral cuando se vieron obligados a sacrificar a 27 de los perros para asegurar que las provisiones bastarían para todos.

Por fin a principios de abril el hielo se abrió y botaron las barcas que estaban ya preparadas desde hacía mucho tiempo. Tras un buen rato en el que el hielo no paraba de abrirse y cerrarse, por fin pudieron remar en canales más o menos anchos. Esa noche descansaron en un iceberg que se bamboleaba de lado a lado. A media noche el hielo se resquebrajó y a punto estuvieron dos de los marineros de morir ahogados, pero fueron rescatados rápidamente: era 9 de abril de 1916.

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Shackleton: La odisea de la Antártida, Fotos del hundimiento del Endurance

Durante 5 horribles días navegaron luchando contra un tiempo infernal, la diarrea, la sed, el cansancio y unas olas que no permitían descansar a los hombres que no estaban a los remos. El 14 de abril divisaron la isla Elefante a unos 48 kilómetros de distancia. El tiempo hizo que se separase el Dudley Docker durante la fase de aproximación, hasta el punto de darlo por perdido. Finalmente las otras dos barcas desembarcaron en la playa y poco después lo hacía el Dudley Docker. Se habían salvado todos de nuevo.

Hallarse seguros en tierra firme no supuso una subida de la moral del grupo. La desesperación de los primeros momentos debida a los padecimientos sufridos en la travesía se vio agravada por la dureza de las condiciones en tierra firme, donde el viento helado no dejaba descansar a los hombres. Shackleton fue consciente de que la única solución era embarcar un pequeño grupo de seis hombres a bordo del James Caird y tratar de navegar hasta la isla San Pedro para pedir ayuda. El resto de hombres esperaría en la isla Elefante. El viaje suponía recorrer unos 1.300 kilómetros en una ballenera de apenas 7 metros de eslora cruzando el océano más formidable del planeta en pleno invierno. Era consciente de que se enfrentarían con seguridad a vientos de hasta 130 kilómetros por hora y a las famosas “olas aplanadoras” del Cabo de Hornos de hasta 15 metros de altura. En su fuero interno todos sabían que se trataba de una empresa imposible.

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Shackleton: La odisea de la Antártida. Fotos de la llegada a la isla Elefante

Shackleton seleccionó cinco hombres que le acompañarían; Worsley, el capitán que había demostrado una pericia excepcional en la navegación, el segundo oficial Tom Crean que había demostrado en todo momento ser un marinero duro que no se rendía jamás, McNish, el carpintero que por añadidura era un buen marino y los recios marineros Vincent y McCarthy. Todos ellos habían sido felicitados personalmente por Shackleton en la navegación a la Isla Elefante. Pero además, llevar a McNish, Vincent y McCarthy suponía tener bajo su control a los tres miembros que consideraba más problemáticos. Wild solicitó ir en el James Caird, pero Shackleton quería dejar al resto de hombres al mando de alguien a quien respetaran tanto como a si mismo. Shackleton confió el grupo de tierra a los hombres que habían demostrado tener una moral a prueba de todo, Wild y Hurley. Wild recibió ordenes de salir con el resto de botes en busca de ayuda si no había noticias suyas en la primavera. Tras alzar la borda del James Caird y cubrirlo con una lona corta-vientos partieron el 24 de abril de 1916.

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Botadura del James Caird el día de la partida desde la isla Elefante. Nótese la borda elevada por McNish y la lona cubriendo el bote, Frank Hurley

La tierra más cercana a la isla Elefante es el Cabo de Hornos, pero estaba absolutamente fuera de su alcance, dado que los vientos dominantes del oeste les alejaría constantemente de tal destino. Por tanto su única posibilidad era la isla San Pedro. La pericia necesaria para calcular el rumbo con las herramientas con las que contaban y en las condiciones en las que estaban es inconmensurable. Un error de solo unos minutos de arco podía suponer que pasasen de largo la isla San Pedro sin verla. Fueron 16 días completos de navegación en circunstancias imposibles, sin un auténtico descanso, helados, continuamente mojados, enfermos y con cada vez menos agua potable. Se enfrentaron a un huracán que según supieron después hundió un vapor con toda su tripulación en una posición muy cercana a la suya. Shackleton tuvo la precaución de proveerse de gran cantidad de comida y leche en polvo que calentaban en una cocina bajo la lona y que suministraba a cada tripulante en cuanto presentía que flaqueaba. “Podría decirse que [Shackleton] tenía el dedo puesto en todo momento en sus pulsos” escribió Worsley.

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Shackleton: La odisea de la Antártida. Fotos del campamento de la isla Elefante

Los puertos balleneros de la isla San Pedro se encontraban en el este. Dado que Worsley no estaba seguro de sus cálculos decidieron dirigirse directamente a la parte oeste de la isla dado que si trataban de rodearla pero no llegaban a ver tierra, corrían el riesgo de que los vientos los arrastraran a alta mar muy al este de la isla como para poder alcanzarla en un bote de remos y dos velas minúsculas. Se encontraban cerca de la isla, eso lo sabían pues habían empezado a ver aves terrestre cada vez con mayor frecuencia, pero el cielo se empeñaba en mostrarse encapotado, impidiendo hacer los cálculos con el sextante y ocultando el horizonte. Una mañana vieron dos cormoranes, aves que rara vez se aventuran a más de 25 kilómetros de la costa. Todas estas buenas noticias se vieron empañadas al darse cuenta de que su último tonel e agua se había vuelto salobre al casi zozobrar en alguna de las ocasiones. Los hombres de guardia no cesaban de escudriñar el horizonte, hasta que al fin, McCarthy divisó tierra. Aún así tardaron un día y medio más en alcanzar una cala en unas condiciones favorables para intentar atracar. Era 10 de mayo de 1916.

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Shackleton: La odisea de la Antártida. Fotos de la partida del James Caird.

Shackleton sabía que se encontraban en la Bahia Hakoon, y que el lugar habitado más cercano era la bahía Stromness a 35 kilómetros en línea recta. El estado de la tripulación era tan penoso que se dio cuenta de que no resistirían otra travesía, de modo que él y otros dos compañeros, Crean y Worsley tratarían de llegar a las estaciones balleneras. El problema era que en el mapa con el que contaban, el interior de la isla estaba en blanco. No sabían que se iban a encontrar, pero si que las mayores alturas de la isla superaban los 3.000 metros de altura.

La mañana del 19 de mayo partieron. La última parte de su viaje fue una caminata de alta montaña en unas condiciones nuevamente infernales, mal equipados, (tan solo una azuela de carpintero, clavos en las botas a modo de crampones y una cuerda de 50 metros), y hambrientos. El 20 de mayo de 1916, tres figuras humanas, demacradas, quemadas por el frio, como tres espectros se acercaron, no sin dificultades, a la estación de Stromness. Habían caminado 36 horas sin descanso, su cabello apelmazado por la sal les llegaba a los hombros, tenían el rostro ennegrecido por las quemaduras y el humo de la grasa de foca que habían usado y las ropas harapientas. Dos chiquillos les vieron llegar y salieron corriendo. Finalmente fueron llevados ante el administrador de la estación Thoralf Sørlle a quien Shackleton conocía de dos años antes. “¿Y bien?” les preguntó. “Me llamo Shackleton”. Sørlle se echó a llorar.

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Shackleton: la Odisea de la Antártida. Fotos trucadas por Hurley del rescate en la isla Elefante

A la mañana siguiente rescataron a McNish, Vincent y McCarthy. Pero los hombres de la isla Elefante tuvieron que esperar aún hasta el 29 de agosto de 1916, al cuarto intento de Shackleton de alcanzar la isla. Frank Wild ya había preparado un plan para navegar en el Dudley Docker de isla en isla hasta la isla del Desengaño donde esperaban poder avistar balleneros en el verano austral. Hurley y Marston estaban en la playa. Marston gritó “¡Un barco!”. “Te equivocas, es un iceberg” dijo Hurley. Ambos miraron de nuevo un rato hasta que repitieron a voz en cuello, “barco a la vista”. No pararon de gritar hasta que todo el grupo repitió la cantinela. El Yelcho, un buque chileno alquilado a Shackleton arribó a la isla Elefante y una hora y media después levaba anclas rumbo a Punta Arenas, donde arribaron el 3 de septiembre. Todos los hombres se habían salvado.

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Shackleton: La odisea de la Antártida. Fotos realizadas en el segundo viaje de Hurley a Gritviken.

Cualquiera creería que lo primero que harían los tripulantes al llegar a Buenos Aires donde terminó la expedición sería descansar. Nada más lejos de la realidad. Hurley se encerró en el cuarto oscuro, eludiendo todas las invitaciones a actos públicos. “Todas las placas que quedaron expuestas en el naufragio hace casi 12 meses han salido excelentes. La película de la pequeña Kodak ha sufrido por el tiempo, pero podrá revelarse y publicarse” anotó en su diario. Tras regresar a Inglaterra para entregar las películas y asistir a diversos actos y charlas, decide volver a la isla San Pedro para rodar escenas adicionales que permitan montar su película. El 17 de junio de 1917 ya estaba de regreso con el material. Pese a que Hurley expresó en muchas ocasiones su admiración por Shackleton, éste último recelaba de Hurley y nunca le cayó realmente bien. Quizá fuera por la altanería y arrogancia con la que se comportaba y su autosuficiencia. Sin embargo Shackleton supo, como con todos los demás, sacar del él su mejor faceta y emplearla del modo más conveniente para el interés del grupo. Esto es lo que ha convertido a Shackleton en un modelo de líder a seguir.

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Shackleton: La odisea de la Antártida. Foto de un niño aborigen Australiano.

Por su parte, Shackleton tuvo una acogida realmente fría por parte de las autoridades Inglesas. La guerra había trastocado el mundo y Shackleton y sus hombres habían permanecido al margen del mundo dos años. Cuando Shackleton llegó a la estación Stromness, le preguntó a Sørlle cuando había acabado la guerra. “La guerra no ha acabado. Hay millones de muertos. Europa está loca. El mundo está loco” le contestó Sørlle. La aventura del Endurance apareció en primera página durante mucho tiempo, pero las autoridades acogieron a Shackleton con gran frialdad. La gran guerra había cambiado el mundo de forma radical y la aventura de 28 hombres en el hielo quedaba muy ensombrecida por las muertes de millones de personas en las trincheras de la Gran Guerra. En Punta Arenas en cambio, el recibimiento fue masivo por parte de una población multinacional, incluidos alemanes. Solo entonces las autoridades se movilizaron para aprovechar el eco en su favor.

Pero la otra parte de la misión de la ITAE, el barco de recogida en el mar de Ross se encontraba aún en dificultades. Otra epopeya de supervivencia a bordo del Aurora, y Shackleton se vio en la obligación moral de acudir en su ayuda. Cuando al fin regresó en 1917 su interés se centró en participar en la guerra. Sin embargo regresó a Inglaterra en abril de 1918 sin haber tenido la oportunidad de lucir el uniforme. 30 de sus hombres, tanto del Aurora como del Endurance se habían alistado en el ejercito y combatido. Algunos ya habían muerto, como McCarthy en el Canal de la Mancha o Cheetham en un ataque de un submarino alemán contra el dragaminas en el que servía.

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Pelotón en camino durante la Primera Guerra Mundial, Frank Hurley

Shackleton vivió el resto de su vida dando tumbos a la busca de otra misión que evocase los “buenos tiempos” del Endurance. Finalmente anunció que iba a regresar al Antártico liderando la expedición Quest. A su llamada acudieron Worsley, McIlroy, Wild, Green, Hussey y Macklin entre otros. Sin embargo tan solo llegaron a la isla San Pedro. Allí Shackleton sufrió un segundo ataque al corazón; el primero fue en Buenos Aires pocos meses antes, y falleció. Scott acaparó la fama y Shackleton permaneció más o menos desconocido hasta finales del siglo XX cuando fue reivindicado por sus seguidores y elevandolo a la talla de leyenda, lo que avivó el debate sobre la capacidadde Scott.

Lo cierto es que las enemistades que se fraguaron en la expedición no explotaron realmente en el curso de la misma sino más bien después. Cuando se concedieron las medallas polares a los miembros, en la lista faltaban cuatro nombres: Stephenson, Holness, Vincent y McNish no la recibieron. Los cuatro tuvieron una relación difícil con Shackleton y Worsley y la antipatía era mutua, pero las tensiones, más allá de unos cuantos enfrentamientos leves no estallaron en el peor momento.

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El libro Atrapados en el hielo, de Caroline Alexander


Creo que la dimensión de tal aventura escapa del entendimiento de cualquiera que no haya navegado y se haya enfrentado al terrible mar embravecido. Solo puedo imaginar las duras condiciones de vida durante todos aquellos meses y estoy seguro de que los 28 hombres del Endurance estaban hechos de una pasta distinta a la del resto del mundo. Cualquiera hubiera enloquecido como poco tras un viaje semejante. Las fotografías de Hurley nos permiten imaginar una pequeña parte de aquella epopeya y junto a los relatos de los diarios de todos los tripulantes nos permiten comprender un poco más lo incomprensible.

Existe una prueba palpable de la importancia de Hurley en la fama de Shackleton y es su renombre mundial en comparación con hazañas tan meritorias en circunstancias semejantes como la de Fridtjof Nansen quien pese a realizar una deriva transpolar y recorrer a pie cientos de millas por el circulo polar Ártico es mucho menos conocido que Shackleton. Yo lo achaco a dos causas: por un lado Nansen era noruego y no contaba con la “maquinaria propagandística” del Imperio Británico y en segundo lugar no contó con un fotógrafo que “relatase” en imágenes su hazaña.

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El libro Shackleton: La odisea de la Antártida

Quiero recomendar encarecidamente dos libros que relatan esta historia y que se complementan y que he usado para documentar estos dos últimos artículos. El primero de ellos, “Atrapados en el hielo” de Caroline Alexander contiene un relato pormenorizado de todo lo acaecido usando como base los contenidos en los diarios de los expedicionarios, e ilustrado por un buen número de fotografías de Hurley. El segundo, “Shackleton: la odisea de la Antártida”, es un lujoso y voluminoso libro que contiene todas las fotografías tomadas por Hurley en aquel viaje que sobrevivieron y algunas más tomadas después. Ambos han sido editados por GeoPlaneta recientemente.

Finalmente, si alguien interesado tiene la oportunidad, hay un College en el sur de Londres, el Dulwich College que permite la visita a la sala donde se encuentra exhibido el James Caird. No es posible verlo sin estremecerse al pensar en olas gigantes batiéndose contra semejante cascarón de nuez; 7 metros de eslora y 1 de manga para recorrer 1.300 kilómetros.

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Los libros sobre Shackleton e ilustraciones de Hurley

Finalmente me gustaría añadir una cita del alpinista Edmund Hillary que a propósito de los grandes exploradores de los polos afirmó:

“Como jefe de una expedición científica, yo elegiría a Scott; para un raid polar rápido y eficaz, a Amundsen; pero en medio de la adversidad, cuando no ves salida, ponte de rodillas y reza para que te envíen a Shackleton”.

Referencias:

  • Otras fotografías de Hurley pueden verse en esta página.
  • Un resumen de la aventura del Endurance puede leerse en esta página.
  • También es muy interesante el relato de la aventura de Nansen a bordo del buque Fram.
  • El viaje del Fram surgió inspirado en el naufragio del Jeannete, cuyos restos fueron transportados por la deriva de la banquisa por todo el polo norte.
  • Algunas fotografías de Herbert Ponting pueden verse en esta página.
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