019 - Hopper - Autorretrato

Hace un tiempo leí en alguna parte que “la mejor escuela de fotografía es el Museo del Prado”. Una gran verdad, ampliable a cualquier gran pinacoteca. Gracias a esa misma reseña me enteré de una exposición de Hopper que acababan de estrenar en el museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. Por fin, este mes de agosto he podido visitarla y el resultado es realmente satisfactorio. Es absolutamente recomendable y a la cita con la que he empezado, habría que añadir que todo fotógrafo debería estudiar la pintura de Hopper.

¿Que quién es ese tal Hopper? Se trata de un pintor estadounidense realista, cuyas obras han trascendido la pintura y se han filtrado hasta otras artes especialmente el cine o la fotografía, gracias fundamentalmente a un lenguaje compositivo muy cercano a estás. Para comprobar hasta qué punto es esto cierto solo hay que escuchar a Wim Wenders declarar que “Hay en Estados Unidos lugares en los que pones la cámara y te sale un cuadro de Hopper”.

En efecto, si hay algo que llama la atención en sus cuadros es lo moderno de su composición. Muchas de las escenas recuerdan más a la forma en la que se encuadra una fotografía que a la forma en la que se compone un cuadro. Pero vayamos por partes.

Edward Hopper nace en 1882 en Nyack, al norte de Nueva York, en el seno de una familia que gozaba de una situación acomodada. Su personalidad es solitaria e introvertida. Desde su época de escuela ya muestra un notable talento para el dibujo y la pintura, lo que lleva a sus padres a potenciar sus capacidades artísticas. Muy pronto ingresa en la Escuela de arte de Nueva York, donde coincidirá con el profesor que influirá profundamente en su concepción del arte, Robert Henry. De él aprenderá el realismo orientado a temas de la vida cotidiana de la sociedad americana, frente al academicismo y al impresionismo americano. En Europa, el impresionismo es una revolución contra los cánones establecidos por el academicismo. De manos pintores sobre todo franceses, como Monet o Renoir, pero también de otras nacionalidades, como Sorolla, la pintura ya no se centra en las formas definidas y los temas idealizados para centrarse en intentar plasmar la luz. Además se empiezan a tratar nuevos temas y ambientes: estaciones de tren, suburbios de grandes ciudades, cafés, teatros, oficios, actos de la vida cotidiana… Y ya no se ciñen a iluminaciones naturales, sino que se presta gran atención a la luz artificial. Degas será uno de los más arriesgados en este sentido, y de él, Hopper tomará buena cuenta.

019 - Hopper - El loop del puente de Manhattan
El loop del puente de Manhattan, Edward Hopper (1928)

Durante varias estancias en Europa, Hopper se deja influenciar por Rembrandt en la forma de tratar la luz y la oscuridad para definir el ambiente de un cuadro. También muestra su admiración por Velázquez. Ésta primera etapa de Hopper puede considerarse de “formación”. Personalmente, sus cuadros de esta época me sugieren un aire de “prueba”, como quien está entrenando sus habilidades para lo que vendrá después. La paleta de colores va variando con el tiempo y se convierte finalmente en una paleta de luces, no de sombras.

A su regreso a los EEUU en 1908 Hopper se enfrenta a la necesidad de ganarse la vida. Se ve obligado a trabajar como ilustrador de diversas revistas, oficio que detesta pero que le mantiene hasta 1923. En una de las paredes del museo se proyecta una secuencia de muchas de las portadas de revista que realizará Hopper. Puede que detestase el oficio, pero no hay duda de su talento. Lo que más me llama la atención es lo próximo que está su estilo al cómic actual, aun cuando por esa época el cómic estaba apenas naciendo. Merece la pena invertir los cinco minutos aproximadamente que dura el ciclo de la película.

019 - Hopper - Sombras nocturnas

Sombras nocturnas, Edward Hopper (1921)

También se inicia como grabador en 1915, trabajo en el que encuentra cierto placer; sus grabados serán muy apreciados. La exposición posee una muestra de ocho o nueve de ellos, alguno realmente magnífico en su composición. Mi preferido es sin duda “Sombras nocturnas”, con ese plano picado y la sombra del caminante proyectada por la farola que queda fuera de plano. La escena parece sacada de un “storyboard” de alguna película de los años 40 del estilo de “El halcón maltés”.

Es sin duda Hopper un gran narrador. Sus cuadros no nos presentan una “escena” que contemplamos como meros espectadores. En la mayoría de los casos somos parte de la escena. Visiones fugaces ante una ventana, cual “voyeur” husmeando en las vidas ajenas, o simplemente nos topamos con la acción. Ese es otro de los grandes avances de su pintura, otra de las muestras de su modernidad. El espectador está involucrado en la escena.

A mediados de los años 20 se producirán dos hechos muy importantes para Hopper. En primer lugar, se casa con Josephine Verstille Nivison, a quien conoció en la escuela de arte de Nueva York, quien llevará un minucioso diario del trabajo de Hopper. No es un hecho menor. Hopper habla poco y escribe menos, pero gracias a ella, tenemos un registro pormenorizado de su trabajo, con descripciones, esquemas y pensamientos sobre su obra.

Por otra parte, la venta regular de sus cuadros permiten a Hopper centrarse en la pintura y abandonar la ilustración. No es un pintor rápido, y pasa por largos periodos de inactividad o de “crisis”, en los cuales no encuentra temas apetecibles. Durante esos periodos Hopper se empapa de cine. Sin embargo a lo largo de su vida va pintando los cuadros que le harán famoso de forma espaciada, sin que se concentren en una época concreta de gran creatividad. La exposición recoge muchos de esos cuadros bandera.

019 - Hopper - Casa junto a la vía del tren

Casa junto a las vías del tren, Edward Hopper (1925)

019 - Hopper - Mansiones
A la izquierda, la mansión Bates de “Psicosis”; a la derecha, el rancho Benedict de “Gigante”.

En 1925 pinta “Casa junto a la vía de tren”, cuadro espectacular, inquietante, que años más tarde inspirará, según su propio testimonio, a Alfred Hitchcock para la siniestra mansión Bates de Psicosis. Otras películas pueden haber sido inspiradas también, como por ejemplo El rancho Benedict en “Gigante”. La luz baña una de las fachadas, dejando el frontal en un contraluz importante. Además para acrecentar la sensación de inquietud, la pinta en un ligero plano contrapicado.

019 - Hopper - Puesta de sol ferroviaria

Puesta de sol ferroviaria, Edward Hopper (1929)

Lejos de pintar grandes rascacielos y edificios modernos, Hopper se centra, (como harán fotógrafos como Walker Evans, Robert Frank o John Gutmann), en zonas de suburbios, chimeneas, depósitos de agua, gasolineras, carteles luminosos, vías de tren y gente en el metro o en sus quehaceres diarios. Cuando pinta calles las representa vacías, o si hay personas, todas ellas están en soledad, quizá un reflejo de su personalidad. Las miradas de sus personajes no se centran en un punto concreto. Sus pinturas huyen del “momento decisivo” que definiría Henry Cartier-Bresson, ese momento en que las circunstancias se aúnan para componer la imagen perfecta. No pinta el momento preciso, sino un momento de ensimismamiento, de soledad, aunque esa soledad no tiene porqué ser triste. En muchas ocasiones no se trata de soledad, sino de momentos en los que no hay comunicación.

019 - Hopper - Habitación de hotel

Habitación de hotel, Edward Hopper (1931)

Uno de los grandes ejemplos de miradas perdidas nos lo brinda “Habitación de hotel”, pintado en 1931 y cuya composición fue muy estudiada por Hopper, tal y como lo detalla Josephine en su diario. La diagonal formada por la cama, las maletas y la ventana, el “espacio negativo” creado por la pared desnuda del fondo, el marco creado por la pared del primer plano, la luz que llena la estancia desde arriba, tras la mujer sentada… y la mirada, que a primera vista parece estar leyendo el folleto que tiene entre las manos pero que en realidad no se posa en él. Todo en este cuadro es premeditado y nada queda a la improvisación. Si algo estudiaba Hopper para sus cuadros es la iluminación. En las pocas ocasiones que habla, sentencia: “Si la luz se pudiera contar con palabras no haría falta pintar”.

019 - Hopper - Oficina de nocheOficina de noche, Edward Hopper (1940)


019 - Hopper - Noctámbulos
Noctámbulos, Edward Hopper (1942)

En 1942 pinta la que probablemente sea su obra más famosa, “Nighthawks”, noctámbulos. Para mi es la única decepción de la exposición, ya que dicho cuadro no forma parte de ella, (probablemente no se ha podido traer). El análisis de este cuadro puede ser inagotable. Obra maestra en el estudio de la luz, hasta el punto que Hopper investigó el modo en que se refleja en las superficies metálicas de las cafeteras, su mera visión nos puede transportar al Chicago de los años 30 con los gangsters andando a sus anchas. Prueba de la importancia del cuadro, podemos encontrar infinidad de tributos, copias, versiones y obras derivadas o inspiradas en él, tanto en la pintura, el cómic, el cine o la fotografía. Al parecer, Hopper pintó el cuadro tras leer el cuento “Los asesinos” de Hemingway.

019 - Hopper - Sol de la mañana

Sol de mañana, Edward Hopper (1952)

Pero la falta de Nighthawks no empaña el resto. Hacia el final de la exposición se muestran otros de los cuadros emblemáticos de Hopper, “Carretera de cuatro carriles”, “Sol en una habitación vacía”… El último cuadro de la exposición es “Sol de la mañana”, de 1952. En él, Hopper pinta de nuevo a su mujer, sentada frente a una ventana por la que entra a raudales la luz matutina. Al volver la esquina para salir, se nos propone un juego visual gracias a un montaje en el que se recrea la escena, con la cama, un maniquí y una ventana por la que entra una luz semejante a la pintada por Hopper. Un montaje realmente curioso.

019 - Hopper - Oficina en Nueva York

Oficina en Nueva York, Edward Hopper (1962)

019 - Hopper - Dos cómicos

Dos cómicos, Edward Hopper (1966)

De Hopper siempre se ha destacado la soledad de sus personajes. Incluso cuando éstos se encuentran acompañados, parece que cada uno se encierra en si mismo. Hopper pinta su último cuadro en 1967, “Dos cómicos”. En él se ve a dos payasos que subidos a un escenario saludan al público cogidos de la mano, dando la impresión que esos dos payasos son su mujer y él mismo. Este cuadro destila más compañía que cualquier otro. Por fin encontramos dos personajes que se hacen compañía, que se relacionan entre sí en la escena. Pese a que el matrimonio de Josephine con Hopper no fue un camino de rosas, como atestiguan los diarios de ella, también es cierto que ella se convirtió en su modelo principal, que en las etapas de crisis artística es quien le anima a pintar, quien pone nombre a la mayoría de sus obras, quien le anima a pintar acuarelas y en definitiva, es ella quien empuja a Hopper a iniciar muchos de sus cuadros.

Personalmente, me he sentido atraído por sus cuadrod desde que vi por primera vez “Nighthawks”. Ni siquiera recuerdo dónde lo vi, y por supuesto no sabía quien era el autor. Pero me atrajo el aspecto cinematográfico de la escena, como si del cartel de una película antigua se tratase. ¿Qué hacía esa pelirroja con el tipo del sombrero? Las conexiones mentales son muy curiosas y al final siempre termino poniendo banda sonora a la escena, una música muy apropiada, “Rhapsody in blue” de “George Gershwin”.

Otras referencias:

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Un comentario en “Edward Hopper, pintando con luz

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